“Altivez de ojos, y orgullo de corazón, y pensamiento de impíos, son pecado” (Proverbios 21:4)

He participado de cientos de reuniones de juntas de iglesia o en asambleas eclesiásticas. Tristemente también he estado presente cuando la congregación decide censurar a alguien o desfraternizar a una persona, un momento amargo, que no quisiera volver a pasar, porque aún se me hace difícil conciliar desfraternización con redención, pero ese es tema para otra ocasión.

Lo extraño del caso es que cuando se llega a estas instancias solemos acusar a quien trae “oprobio contra la iglesia”. Expresión tan subjetiva que a estas alturas de mi vida, ya ni siquiera la uso, porque he aprendido que lo que “oprobia” no siempre es lo que parece, sino lo que mis prejuicios me dictan.

¿Cómo es eso? Solemos reaccionar indignados y espantados bajo ciertos pecados: Robo, asesinato, faltas sexuales, etc., pero ante otras situaciones, simplemente guardamos silencio, y en este caso, el silencio grita.

Nunca, en todos mis años de ministerio, he escuchado que alguien sea censurado por orgullo, altivez o pensamiento, como dice el texto. Nadie en su sano juicio le dice a otro: “Voy a proponer que sea censurado porque sus pensamientos son impíos”. Sería absurdo y todos, sin excepción, en algún momento deberíamos ser señalados.

¿Qué decir del orgullo y la altivez? Siento que los orgullosos y los altivos le hacen más daño al cuerpo de Cristo que una persona que comete una falta sexual o que roba. No creo que los pecados sexuales u otros sean menos graves, sino que siento que en términos de resultados, el orgullo y la altivez son más nocivos.

Una persona que comete una falta y que la reconoce, puede salir adelante, levantarse y vivir en paz bajo el alero maravilloso de la gracia.

Una persona orgullosa y altiva, no sólo ocasiona serios trastornos en el ámbito en que está sino que además, no puede recibir la gracia, porque siente que no la necesita. Los orgullosos son rápidos para juzgar a otros pero muy, muy lentos para examinarse a sí mismos, y ese sea tal vez el mayor problema.

Oración: Padre amado, tú me conoces, sabes exactamente en qué fallo, por favor, te lo pido, ayúdame a darme cuenta de mi orgullo, para no caer bajo el peso de mi propia altivez

© Dr. Miguel Ángel Núñez, 2013
Del libro inédito ¡Háblame Señor¡