“El publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13) Hay gente que me cae bien de sólo leer de ellas, el publicano de la parábola de Lucas 18 es uno de esos personajes que de verdad quisiera conocer, su honestidad y franqueza me resulta realmente atractiva.
Los publicanos o cobradores de impuestos eran gente de dinero, muchos de ellos habían comprado el derecho a cobrar los impuestos. Los romanos los consideraban unos sinvergüenzas necesarios para llenar sus arcas con el dinero que los publicanos recaudaban y sabían que debían hacer la vista gorda ante los abusos que ellos realizaban, porque de un modo u otro les garantizaban que tendrían recursos. Los judíos, por su parte, consideraban que los publicanos no tenían perdón de Dios porque no sólo eran considerados traidores, también sabían que eran ladrones y abusivos en los cobros que hacían.
Los fariseos, por otra parte, eran el contraste. Constituían una secta muy bien organizada, conformada por una elite que tenía que reunir ciertos requisitos estrictos, entre los cuales era ser guardadores de la ley y tener recursos económicos propios. Su forma tan fría de observar los mandamientos y vivir aferrados a la norma, los hacía ser despóticos y autoritarios a la hora de tratar  con aquellos que no cumplían tal como ellos habían establecido.
El publicano de la historia estaba tan compungido por su realidad que no se atrevía a levantar el rostro. Los judíos oraban con los brazos levantados, los ojos abiertos y con el rostro en dirección a los cielos. Por eso, el acto de contricción del publicano era una muestra real de su arrepentimiento. Reconocía lo que era, sabía que estaba mal y que no había obrado bien.
El fariseo actuaba con tal orgullo y vanidad, que simplemente, cualquier otra forma de actuar estaba fuera de su pensamiento. Por eso Jesús con ironía dice que aquel hombre “oraba consigo mismo”, no con Dios.
El publicano fue justificado, porque el paso para poder recibir la bendición del perdón es entender y aceptar su condición. Cuando el publicano lo hizo, todo fue diferente, así como lo es con cualquier pecador.
¿Por qué es fundamental aceptar su propia condición para recibir perdón de Dios?

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez, 2013
Del libro inédito: Cada vida un universo