Padre, si quieres, no me hagas beber este trago amargo; pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42)
Jesús entró al Getsemaní lleno de pesadumbre y amargura. Llevaba una carga insoportable. Tenía sus hombros un peso de tristeza y amargura que casi lo doblegaba. Nunca antes sus discípulos lo habían visto así. Cristo estaba literalmente tirado en el suelo aplastado por sus emociones.

Sin embargo, luego de orar, de vaciar su amargura delante de Dios, de expresar lo que sentía y de señalar exprésamente: “No se cumpla mi voluntad, sino la tuya”, Jesús salió de allí cambiado, era otro su semblante, no llevaba sobre sus hombros la carga que había tenido en otro momento, se había liberado del dolor, estaba fresco y listo para enfrentar la próxima etapa.

Hay en este incidente una lección para los cristianos que es extraordinaria. Todos tenemos nuestro propio Getsemaní, un momento en que nos sentimos totalmente aplastados por las circunstancias y sentimos que el dolor nos va a destruir. La emoción desbocada que tenemos nos hace mirar la realidad de una manera oscura y difícil de soportar.

La lección de Jesús es que ingresó al Getsemaní, fue lleno de dolor, pero dejó su angustia en las manos de Dios y luego salió de allí renovado y listo para enfrentar otro desafío. Muchos se quedan permanentemente atados al dolor, no son capaces de dejar sus cuitas y tristezas en el Getsemani, y andan con la amargura a cuestas, sin ser capaces de romper el ciclo del dolor.

Un monumento al dolor no sirve. Los duelos hay que vivirlos, pero tenemos que dejarlos fluir. Es lo que hizo Cristo y lo que nos enseñó.

“Todo hombre se parece a su dolor” (André Malraux).

Miguel A. Nunez.