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¡Despertar de aquel sueño primoroso que ardiente ha mantenido mi ilusión? Se que tu señor, gran poderoso; mas no mates así mi corazón.

Cuantas veces mi ruego te ha llegado convertido en un canto matutino; y tu altar con mi llanto se ha inundado porque mi amor, señor, no es peregrino.

he llegado a tu gloria nazarena, por pedirte piedad en mi romanza. Es la noche señor, tibia y serena, y con el tinte azul de la esperanza.

Se que mi alma, señor, es pecadora, mas rinde en su oración la mirra santa; por eso es que se llega hasta tu planta besándote los pies como la aurora,

Solo te pido que mates su ignorancia; que le des la elocuencia de poetas; y que a ella le entregues la fragancia que ocultan en su seno las violetas.

Pon Señor en su boca empurpurada dulces palabras de tu ronda buena; quìtale el corazón de enamorada, y pon en su lugar una azucena.

Pido tanto señor; y aún mas pidiera; que me dejes sus besos tembladores como dejan también en primavera su canto matinal los ruiseñores.

Que quites de su ser todo el engaño; que yo sea su recuerdo más querido, y que al volverla a ver, triste y huraño, escuche entre sus brazos: ¡Bien venido!

Que pongas en su ser esa grandeza que tienen para mi todas las cosas, que rindan homenaje a su belleza los petalos de seda de las rosas.

Que al mirarme, Señor, con embeleso me lo diga la voz de los confines; y entregue de sus labios en un beso la esencia que tienen los jazmines,

Convierteme en el aire que respira, para hacer de su pecho mi prisiòn. Quiero saber Señor, si es que suspira mandada por su propio corazòn.

Son muchos los deseos que te he previsto, si alguna vez los viera realizados, a tu altar llegaràn ¡Oh Jesucristo! convertidos en flores mis pecados.

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