“Ya no importa el ser […] hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo” (Gálatas 3:28 DHH).

Nací varón, pero no lo elegí. Si alguien intentara definirme o calificarme por mi sexo, ciertamente me sentiría ofendido.
No es justo que una persona sea discriminada por algo que no ha sido su elección personal.

Muchos varones tratan a las mujeres como si fuera lo más normal del mundo el discriminarlas o hacerlas sentir como personas de segunda categoría. Eso que puede ser natural en un contexto de no creyentes, debe ser vergonzoso para alguien que se llama cristiano y sigue como modelo a una persona que demostró en su vida que no discriminaba a nadie.
Por esa razón el mandato de Santiago es claro: “Hermanos, ustedes que creen en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas” (Santiago 2:1 BPD). Cuando alguien que sigue a Jesús trata a una mujer como si fuera sub-humano, está, con esa conducta, renunciando de hecho a su fe.
Creer en Jesucristo es un compromiso con un estilo de vida. No una forma de ser de un ser humano cualquiera, sino la imitación de alguien que mostró el camino y la forma de actuar de una raza contaminada con una herencia de mal.
Ser mujer es un don de Dios, no es pecado. Quien sienta que tiene derecho a discriminar por sexo, escupe al cielo.
Es preciso aprender a glorificar a Dios en nuestros actos, comenzando por entender que todos los seres humanos nos debemos respeto unos a otros, independiente de las ideas que tengamos, del color de la piel, de las aptitudes o ineptitudes, y ciertamente, sin relación con el sexo.
Un cristiano debería ser el primer en defender la no discriminación de género, porque sigue el ejemplo de Jesucristo.
Es vergonzoso que algunos se llamen cristianos y vivan como si no lo fueran, especialmente cuando Jesús mostró claramente que consideraba a todos los humanos como sus hijos predilectos.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez